Así es. Porque así lo sigue siendo, las sorpresas siempre son mejores, para bien o para mal.
No se que significan estas fechas para los demás, fuera de la retórica de siempre. Yo lo siento siempre como una burbuja que se infla enorme antes de tiempo y ya por estas fechas se vuelve un valemadrísmo inicuo que conforme transcurre mi vida cada vez tiene menos sentido y termina siendo para las doce de las noche del 31 una tortura, esperar la hora indicada para abrazar a medio mundo, sonreír y los buenos deseos y bla bla. Nada nuevo, nada grandioso, nada enternecedor, nada trascendente, me vale y me revale. Si al menos eso de los propósitos funcionara como una expectativa de que las cosas van a ser mejores, pero no pasa nada, lo mismo, bueno, si pasan cosas, pero nada dentro de lo que un propósito previamente maquinado pudiera ofrecer, más bien las mejores cosas vienen de lo que menos me espero. De hecho las peores también. Así que mis despropósitos para este próximo año y los posteriores será la anulación de la medida anual, de inicio a fin, me vale el año nuevo, me valen los propósitos, me vale la cena, los predestinados a perderse en el alcohol y en la anulación momentánea, prefiero pensar en los acentos prosódicos de alguna palabra que casi nunca uso, tener una botella de agua a la mano cuando la que tengo se ha terminado, escuchar mientras pienso en otra cosa y solo asentir como respuesta, y decirme a mi mismo: “a mi que me importa”.
Pero esto es solo una interpretación personal. Si a alguien si le importan las fiestas de fin de año y todas esas cosas, pues si les deseo un feliz año, lo que sea de cada quien. Pero por mi, aunque sea de a mentiras.
Lluvia que no beberás
sábado, 30 de diciembre de 2006
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