No me gusta comer habas, ya lo sabía, pero ahora lo se con total certeza. Todo comienza como una simple curiosidad, todo se conjuga entre los límites y la libertad de la acción, luego es un actuar conciente, y decir conciente es solo un decir, pero al ser humano nos gusta decir que pensamos lo que hacemos. Lo mismo decía del hígado, que no me gustaba, pero cuando lo volví a probar me di cuenta que no era cierto, o tal vez si fuera cierto en algún momento, pero por lo pronto hoy es distinto. Tal vez podría decir que es un error, pero nadie puede ser condenado por reconocer tal o cual cosa. Mi abuelita me sirve un plato de habas, yo se que tengo hambre y que las habas no son veneno, ni son antiéticas, ni pecado capital. Pero no me gustan.
Si la confianza en el actuar viene de principios y los principios son solo una convicción fundada en apreciaciones personales de las que nos valemos para decir que tenemos la razón, aun cuando la razón de la que estamos dotados termine siendo nuevamente solo una cuestión personal, de la cual ocasionalmente solemos coincidir con los demás.
Las confesiones de San Agustín me quieren volver loco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario