Por lo visto muchos son los destinos que nos tiene nuestro andar cotidiano, algunos con agendas incorruptibles, otros libres hasta el cansancio, algunos otros con... lo que sea. Mi prueba definitiva, mi experiencia reciente me ha dictado que la espera impaciente parece ser mi finalidad para lo que vine a este mundo, mi reto a vencer. Puedo tener tantas cosas que hacer, puedo tener claro todo lo necesario para lograr mis objetivos, puedo tener metas claras, avanzar en esto o aquello, pero siempre llega el punto en que la espera es indispensable e infatigable. Y así como unas cosas llevan un espacio programado con premeditación y avanza hacia un destino específico, la espera sigue presente. Así otras al paso de las horas se diluyen bajo la sombra de ese árbol que deja paso a unos ligeros trazos de luz, pero a medida que pasan las horas se tornan turbios y luego desaparecen, para siempre.
El dia en que pueda esperar sin esperar nada, ese día seré feliz.
Lluvia que no beberás
jueves, 22 de febrero de 2007
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