Lluvia que no beberás
jueves, 4 de septiembre de 2008
No te vayas.
Porque de la trompeta no me acordaba, pero eso ya es otra cosa. Pero que mal, que secuencia, que rachita tan del pito. Todo iba bien cuando encontré el billete, lo encontré pero pensé con fervor que era un regalo del universo que le devovería tarde o temprano, muy temprano porque ya prácticamente está todo hecho, solo es cuestión de tiempo, así que lo tomé sin reproches. Pero más duré en el lapso, dichoso lapso de alivio instantáneo que no sirve para nada. Luego llegué, busqué entre todos los lugares y pensé en lo hipotético que estuvieran en la caja fuerte. Allá voy de regreso, reviso, cunsulto con todos. Si, están en la caja fuerte, allá voy de regreso solo para corroborar, dos horas, alivio del frío, calor del camino. Cuando llevo la llanta ponchada y sin refacción, y los cien se vuelven cincuenta, llego por lo demás y estaba en la recámara, ya no son cincuenta, porque compré la cena y la llanta sigue sin aire, adiós, pérdida, gracias universo por cobrártelas tan rápido. Dos horas creo que la cosa es peor, porque ahora veré si funciona una cuestión especial y si ya eso se resuelve ya lo demás es de menos. Solo la puta llanta, que va a ser un martirio, pero ahora quisiera no pensarlo. Cuarenta segundos de distancia y a la espera. Aunque no sería más que una larga noche, pero el aire que me falta es lo que más me va a llevar lejos, aunque eso iba a pasar algún día, pero no este, ni tampoco el siguiente, tal vez el tercero estaría bien, o el posterior. Pero así te las cobras siempre, no me das espacio. Y si. Lo segundo, más tiempo, pero ahora no te dejaré ir.
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